Quería contarles mi experiencia, mi nombre es Daniel y tengo 23 años. Y hace un año que tengo una pareja estable y con la que me llevo muy bien, fundamentalmente en la cama. Mi novia se llama Julieta tiene 27, en el sexo fuimos incorporando cosas conforme iba avanzando nuestra relación, y llegó el momento en que finalmente y tras un largo proceso manteníamos relaciones vía anal. Creo que de tanto decirle y pedirle desperté la curiosidad de Julieta, que luego de las primeras veces, en las que se produjo el acostumbramiento natural, comenzó a disfrutar de mis penetraciones. La verdad es que yo tenía una fijación terrible con su culo y era lo que más me excitaba. Toda la preparación, lamerle el ano y finalmente la posterior y cuidadosa penetración, me producían más placer que el hecho en si mismo. Creo que lo que más me calentaba era la predisposición y entrega de Julieta, cuando se daba vuelta y me paraba su culo pidiendo que la coja, me hacía volar la cabeza. Era la parte final de nuestras relaciones por que yo no podía contenerme mucho tiempo una vez que se la ponía por atrás. Creo que si tanto me calentaba ver como Julieta me entregaba el orto, era en realidad por que yo fantaseaba con estar en su lugar, desde antes de salir con ella. Siempre lo había pensado, me gustaba imaginarme acostado boca abajo ofreciendo mi cola y siendo penetrado. Pero la verdad es que no me gustaban los hombres, si en mis fantasías pensaba en alguno, me provocaba cierto rechazo y ya no me excitaba.
Mientras tanto mi relación con Julieta seguía normalmente, salvo por un detalle. Cada vez que lo hacíamos notaba como sus manos se acercaban más a mi culo. Yo no le decía nada, sentía vergüenza, pero me gustaba. Hasta que una vez que la estaba cogiendo, sus manos bajaron hasta mis nalgas y las acariciaron sin ningún reparo, lo hacía con firmeza y sin dejar ni un centímetro por recorrer. Una vez que terminamos se lo comenté y Julieta me preguntó si me había molestado, hice como si ni importara y le dije que en la cama podíamos hacer lo que ella quisiera sin problemas. Como era raro que ella tomara la iniciativa para pedirme algo o hacer alguna cosa nueva, hablamos de que a mi no me molestaba ninguna cosa y que podía pedirme lo que quisiera, que yo no me ofendería, al contrario, estaría encantado de complacerla como ella siempre accedía a hacerlo conmigo. Parecía muy comprensivo pero la verdad era que me encantaba dejarme manosear el culo, y de esa manera Julieta lo haría sin que yo se lo pida, evitando mi pudor.
Así, ella abajo y yo arriba, se volvió mi posición preferida, por que Julieta no se resistía ni una vez a tocarme el culo. En una de estas oportunidades su mano se adentró más que otras veces quedando sus dedos muy cerca de mi agujero. Mientras me la cogía, aprovechaba los movimientos para acercar su anular un poco más. Ubiqué mi brazo derecho arriba de su hombro, esto le permitió a Julieta llegar mejor a mi cola y empezó a acariciarme la raya buscando con su anular la ubicación de mi ano, después de unos segundos ya no aguantaba mas y mí pudor desapareció, llevé con mi mano su anular directamente encima de mi agujerito y Julieta empezó a empujar con la yema de su dedo pero sin penetrarme aún. Yo la cogía con fuerza por la excitación que me producía, intentando con mis movimientos que su dedo entrara más. Julieta se vino con un tremendo orgasmo y gritando como nunca. Yo terminé segundos después, pero algo decepcionado por que mi novia no me había metido más que la primera falange y la había retirado en el momento de alcanzar su orgasmo para aferrarse con fuerza a mí.
Después de esa vez hablamos mucho del tema, a los dos nos había gustado pero nos daba vergüenza, yo temía que me considerase afeminado y ella decía que no era de mujer hacer lo que había hecho. Los dos decíamos que el otro no tenía razón y finalmente coincidimos en que no teníamos por que sentirnos mal.
Hicimos el amor otras veces y después de algunos encuentros la situación se repitió, Julieta me introdujo su anular en el culo mientras la cogía y una vez mas terminó con un gran orgasmo, cuando se corrió le pregunté si le gustaba penetrarme, mientras yo la seguía cogiendo muy despacio pero moviendo mucho las caderas, me contestó que sí, pero que le daba vergüenza, yo le dije que a mi también me gustaba, Julieta sonrió y llevo sus manos hacia mi culo, separando mis nalgas alcanzó mi agujerito y empezó a meter un dedo. Fue un alivió disfrutar de sus caricias habiendo blanqueado todo, sus masajes circulares dentro de mi ano eran maravillosos y me hacían gozar muchísimo, pero Julieta no alcanzaba cómodamente y yo quería mas, así que deje de cogerla y salí de entre sus piernas, montándome sobre ella. Pasé su mano derecha por debajo de mí y le indiqué exactamente donde estaba mi ano. Julieta me lo metió con cuidado. Lo hacía muy bien, delicadamente y solo me producía placer, haciendo que mi culo se abra y necesite más. Julieta metió su anular completamente y le pedí que acelerara el ritmo, me pajeaba muy bien con la mano derecha mientras me manoseaba el culo con su otra mano. Por fin lo hacía como yo quería y fue así durante unos dos minutos de placer extremo que finalmente me condujeron al mejor orgasmo de mi vida.
Este tipo de práctica se hizo maravillosamente habitual y casi siempre después de que ella alcanzaba el orgasmo me preguntaba como quería terminar yo, notaba como disfrutaba las veces que le pedía que me penetre, se notaba que le gustaba y no solo por que así me complacía, sentía que esa acción le daba placer a ella también.
Una vez, me encontraba acostado boca abajo, había pasado un rato desde que hiciéramos el amor, esta vez no hubo de esas caricias. Julieta salió de la ducha y se acostó junto a mí, empezó a besarme los hombros y el cuello, en un momento me sorprendió sentir que se montaba encima de mí, sentía su vagina en mi culo mientras me acariciaba, era muy placentero el roce de sus pechos en mi espalda. Julieta empezó a moverse como si me estuviera cogiendo y eso me excitó muchísimo, sentía el calor de su concha contra mi y como se le iba mojando. Yo me movía con ella dándole a entender que me gustaba, mi novia lo comprobó buscando debajo de mí, encontró mi verga que estaba parada al máximo. Me pajeó un rato y después hizo algo que no me hubiera imaginado. Empezó a bajar con sus besos hasta mi culo, separó mis nalgas y me besó el ano, después me hizo sentir la punta de su lengua, una y otra vez, de abajo hacia arriba, después de eso me practicó una lamida increíble e interminable, era una sensación que me calentaba muchísimo. Su saliva me inundó el orto, estaba que no podía más. Entonces Julieta empezó a complacerme con su anular mientras ella también se masturbaba.
Por más que me lo enterrara hasta el fondo, llegó un momento en que su dedo ya me parecía poco y le pedí uno más.
Julieta me metió entonces dos dedos por primera vez, sentí que mi culo se abría sin problemas y Julieta me pidió que me pusiera en cuatro, mi novia se frotaba a punto de terminar y así lo hizo apenas segundos después, casi al mismo tiempo que yo. Terminamos súper agitados sin poder contener nuestros gemidos y exhalaciones más profundas. Los dos convenimos en repetir esa especie de cambio de roles, ya que nos había encantado por igual, pero lo haríamos aún mas completo. En esa semana compramos un consolador y lo usamos lo más pronto que pudimos.
Primero cumplimos la fantasía de Julieta de ser doblemente penetrada. Mientras la cogía por la concha montada encima de mí, le apoyé el consolador en el culo que se lo fue tragando de a poco. Julieta gemía como loca y por fin termino a los gritos. Le había encantado y yo la sentí muy puta de alguna forma, lo que también a mi me excitó de manera extra.
Mas tarde cuando cogíamos por segunda vez, Julieta me paró y me dijo que quería hacer otra cosa. Sentí que era lo hora de que yo probara el consolador. Se lo colocó (yo lo compré con elásticos para que así lo hiciera) Julieta se tomó en serio lo del cambio de papeles por que me hizo chuparle la pija como si fuera de ella, decía que le gustaba verme haciéndolo y yo estaba tan caliente que no me importaba nada. Después de un rato fue Julieta la que empezó a usar la lengua haciéndome sentir otra vez en el cielo. Después de repetir el ritual de sus dedos yo estaba muy ansioso por estrenar nuestro juguete y mi novia por darme el gusto. Me puse en cuatro patas en el piso, a los pies de la cama, Julieta se puso detrás de mí y ubicó la punta del consolador en la entrada de mi culo. Dejamos la luz encendida a pedido de Julieta por que quería ver como me iba entrando, ella la fue metiendo con cuidado y controlando su impaciencia, dándome tiempo a acostumbrarme. Había pensado que me dolería, pero no fue así, yo estaba muy caliente y la sensación de sentir abrirse mi culo de esa forma, era exquisita, como siempre había imaginado. Sentir que mi novia lo disfrutaba también, me dejaba tranquilo y me relajaba. Después de un rato Julieta ya se movía y me hacía sentir el mete y saca del consolador, cuando estaba por terminar le pedí que me lo metiera más fuerte y así lo hizo, lo bueno de que me hiciera el culo es que no podía acabar cuando yo quería, era como si estuvieras muy caliente y no te pudieras hacer la paja, te calentás tanto que el orgasmo finalmente explota solo y es tremendo. Julieta me cogió fuerte como le pedí, bombeó con un rimo intenso hasta que un fuerte gemido se me escapó junto con una abundante cantidad de leche que salía descontrolada de mi verga. Era increíble lo que me había hecho gozar. Cuando salió de mí, sentí que me había quedado el orto muy abierto y me gustó saber que me lo habían roto. Mi culo había quedado bien satisfecho. Julieta también estaba feliz y sonreía mientras se llevaba con sus dedos a la boca el semen que recogía de la cama. Ahora esta es una práctica más que incorporamos a nuestra vida sexual y ambos estamos contentos de haberlo hecho. Bueno ese es mi relato de cómo la frase “sexo anal” amplió su sentido en nuestra pareja.
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